«Cuento blanco»: memoria en claroscuro
- Patricia González Herrera

- 8 abr
- 2 Min. de lectura
«Quien ama sufre y hace sufrir, pues el amor más vive de lágrimas que de sonrisas».
Manuel Díaz Rodríguez
La lectura del «Cuento blanco», tercer relato de Cuentos de color (1899) de Manuel Díaz Rodríguez, nos invita a explorar lo sensorial, la introspección, lo nostálgico y lo simbólico, elementos representativos de la literatura modernista.
El «Cuento blanco» narra la historia de una abuela enferma, rodeada de hijos y nietos que festejan su cumpleaños en Venezuela. En medio de la celebración, la abuela recuerda la nieve presente en su niñez y murmura algunas palabras. Una nieta, al escucharla, le pide que cuente lo que está pensando. La abuela accede y cuenta momentos de su niñez en Alemania, deteniéndose en cómo jugaba a los novios con sus primos Juan y Rosa, y su hermana Elsa, familiares que mueren a muy corta edad a causa del frío. Al terminar su historia, queda en el ambiente una mezcla de sensaciones varias; misterio, pensamientos graves, inocencia, alegría y serenidad.
Este cuento se desarrolla entre dos contextos: el de la campiña tudesca, lugar exacto donde creció la abuela, y el de Venezuela, país donde pasó su vida adulta y transcurren sus últimos años. Ahora bien, pese a narrar sucesos trágicos, la abuela termina recordando su niñez de forma idílica, quizás porque desde su madurez entiende que la infancia, como parte de la vida, comprende felicidad, pero también dolor. De igual modo, aparecen no pocos contrastes en este cuento: los dos escenarios de la historia, uno invernal y frío versus otro de verano eterno y clima tropical; la melancolía de la abuela versus la celebración por su cumpleaños; la vejez, representada en la abuela, versus la infancia de sus nietos, niñez que por cierto siente como un reflejo de la suya propia; escenas cotidianas versus reflexiones profundas; el amor versus el sufrimiento. El cuento presenta una tensión entre la realidad trágica y su idealización. Aparente discrepancia que la abuela maneja con resignación, sacando a la luz que la vida está hecha de contrastes y claroscuros.
Por otra parte, la representación de la infancia y la vejez no solo deja ver contrastes, sino también puntos de cercanía y similitud. Se observan elementos que encajan en ambos extremos de la vida humana, como la fragilidad. Otra figura simbólica es el color blanco, presente en la nieta que pregunta por las flores blancas de los tilos, en la nieve que colorea el lugar donde creció la abuela, pero también en la apariencia de una anciana pálida, de cabello encanecido, poseedora de una inocencia y empatía con los más pequeños típicas de la vejez.
Díaz Rodríguez desdobla a la protagonista en varios personajes; el de una niña, una mujer madura y una anciana. El autor representa varias etapas del ciclo vital, enfocándose en los primeros y últimos años, fases que además no son exclusividad de la abuela, sino parte del destino de algunos, aunque no de todos. Y lo logra a través de un narrador sensible e introspectivo, que llena la obra de lirismo, sentimientos y profunda emoción.
Por Patricia González



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